lunes, 31 de diciembre de 2012

En la frontera del año: un recuerdo del siglo pasado

Hoy diremos adiós al 2012, un año interesante, asediado por las supersticiones. Parece que la humanidad está ansiosa porque se acabe el mundo, o ávida de emociones fuertes. Por otro lado, el último día del año está gris y fresco, sopla el viento, ambiente propicio para la reflexión y los recuerdos.

Y considero que es apropiado compartir un recuerdo en este día que representa el cambio de un ciclo: el recuerdo de la primera vez que jugué Dungeons & Dragons.

No fue frente a una mesa de comedor con mapas y hojas y libros de reglas. Fue en una mesita de cafetería, en la Universidad Americana de Managua, en algún momento del segundo semestre de 1999. 

Mi maestro fue mi primer mejor amigo, un chileno llamado Alejandro Faccio. Mientras estábamos con dos amigas en la cafetería, tocamos el tema de los videojuegos, por lo que expresé mi indoblegable preferencia por los juegos de rol como Final Fantasy, Breath of Fire, Chrono Trigger y Secret of Evermore. Entonces Alejandro me preguntó si había jugado Calabozos y Dragones, el padre de todos esos videojuegos. Cuando le respondí que no, de su mochila sacó un tubo con varios dados, algunos de los cuales yo jamás había visto.

Lo más llamativo en ese momento fue el material con el que estaban hechos los dados: eran de mármol. No parecidos al mármol, sino de mármol puro y duro. Desde entonces he codiciado dados como ésos, pero no he encontrado dónde adquirirlos. De todas formas ya comprobé que, al día de hoy, no me separo de mis dados de DM, pero esa es otra historia.

Alejandro elaboró al aire mi personaje con las reglas de la Segunda Edición, que era la vigente en ese entonces; fue cosa de diez minutos con el sistema de tirar el d6 para los atributos. Mi primer personaje fue un guerrero humano, con el nada original nombre de Freedan LaFey. Anoté los datos en una hoja de cuaderno y comenzamos.

Fue de lo más sencillo. En su rol de DM, Alejandro empezó a describirme una ruina a oscuras, con neblina gris azulada que llegaba a las rodillas de Freedan. Las paredes estaban agrietadas y la escasa luz habría obligado al guerrero a sacar una antorcha, pero prefirió permanecer a oscuras, pensando que la penumbra ofrecería protección. Había una sola puerta de salida y más allá, un corredor ancho, al final del cual se veía una escalinata ascendente, por la cual se filtraba un rectángulo de luz de luna. No se escuchaban más sonidos que las botas de Freedan en el piso y los latidos de mi corazón, desbocado, en mi pecho.

No, no se escuchaban más sonidos, porque yo no estaba en una cafetería llena hasta las ventanas de estudiantes ruidosos a la hora del almuerzo. Estaba en ese subterráneo, con niebla a las rodillas y una brisa fría en la nuca, que alborotaba el cabello largo bajo mi yelmo.

Y entonces, concluida la narrativa inicial, la pregunta que todos conocemos: ¿qué hacés?

La breve aventura concluyó con una apabullante pelea contra un encapuchado misterioso que apareció de la nada y se rodeaba con la niebla, remolinéandola alrededor de su cuerpo como una cortina defensora. Poco después mi amigo me confesó, entre risas, que ese sujeto era su propio personaje... de nivel 15.

Heme aquí, casi quince años más tarde y con dos años como DM. Pero jamás olvidaré esa primera partida.

Feliz 2013.
¡Compañía agradable y buena música! ¡Salud!


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